domingo, 21 de enero de 2018

EL TREN SE LLEVÓ NUESTRO SUEÑO


  

Si hubieran dejado fumar en aquel local de copas, el humo se habría llevado tanta soledad. No éramos amigos, pero queríamos hacernos fotos juntos. Expulsábamos el dolor del alma atándolo a la tinta. En esa última foto te acaricié y todavía siento tu temblor. El tren se llevó nuestro sueño.






sábado, 20 de enero de 2018

estoy llegando

Al principio yo no era así. No te asustes. A lo largo del viaje he perdido kilos, adquiriendo una imagen muy distinta de la que tenía antes, acorde con mis necesidades primarias, he adquirido una forma extraña, cilíndrica, alargada, flexible, rugosa. Ahora lo importante es no perder altura, sujetarme bien a estas paredes cada vez más gelatinosas, para ello ¿necesito la vista? Claro, el objetivo es verte y que me veas; que veas como soy, como serás. He de vencer el poder de las corrientes jabonosas que siempre bajan. ¿Necesito el oído? Si, es fundamental, como la voz, para oír tus gritos mientras me acerco. Me sirve para asustarte; necesito que no perturbes mi camino., lo preciso como el tacto, para que sientas el frio de mis caricias, para que aprecies el dolor en mi presencia. No, no soy una amenaza, todavía estoy lejos, pero me acerco despacio a tus pies. Estás descalza. Solo falta un recodo. Dentro de un momento un grito. Intentarás pisarme, te morderé en el hueso y dormirás. Dormirás aterrada mientras te envuelvo con mis escamas mis anillos, y perderás el color. Ya estoy saliendo por el sumidero de la ducha en tu casa y no me has visto; pero yo sí, porque tengo buena vista; El jabón, como el gel, es un peligro, me hace resbalar. Calmará mi sed. Ya lo siento, ahí está tu pie, el izquierdo, el tobillo, el hueso. Está salado. Es inútil, no grites, nadie te va a oír. Por tu cuerpo desnudo y limpio, voy a ascender sin dificultad; no es gelatinoso, no opones resistencia, pero no te derrumbes, podrías aplastarme algún anillo. Mientras subo por tus piernas ¿te puedo contar mi historia? Se que no se lo dirás a nadie. No te dará tiempo. Tienes una piel muy suave. Llevo mucho que no como. No te preocupes iré despacio., sujétate si quieres a los grifos y échate perfume de ese caro, no me gusta que huelas a sudor y lucha. Es aburrido que no opongas resistencia. Te creía más fuerte. Yo era tímido, no recuerdo si era masculino o femenina. Ahora esperaré un momento, antes de seguir, tomate un respiro. No me gusta la violencia, pero ya te he dicho que llevo sin comer más de seis días. ¡Qué bonitas! No te has quitado la pintura de las uñas. Te hubiera quedado muy bien mañana en el cumpleaños de tu novio. Bueno últimamente no te hacía mucho caso, de hecho, se había ido con tu mejor amiga, además has suspendido casi todas las asignaturas del curso, no te quedan muchas ganas de vivir. Tendrás que agradecérselo. Pero no te preocupes, será un momento inolvidable. ¿Qué te pasa? Acaricio tus hombros y no hablas, tus manos no responden, diviso tu boca ya bien cerca y es un antro, armado hasta los dientes temblorosos, tienes la lengua rígida. Tu novio no encuentra ya el placer en estos besos. Esa saliva verde que escondes en los labios es lo único que no me gusta. Me produce cierta repugnancia. ¿Respiras, todavía? Sí, noto el vertiginoso latido de tu corazón y la mirada, esa mirada que poco a poco se va perdiendo en un horizonte cercano que te ahoga despacio, hasta…



viernes, 19 de enero de 2018

Bienvenida tu tinta IGNACIO RIVAS


Ignacio Rivas no es la primera vez que nos visita.  Hoy vuelve a escribir emtre nosotros. Su relato

crisis

“Hoy echaron a papá del trabajo”, escribí en mi diario. A mamá se le llenaron los ojos de lágrimas cuando papá lo dijo y mi hermano también se puso a llorar.  “¿Qué va a ser ahora de este hombre?”, decía mamá por teléfono a tía Amelia. Pero papá no se lo tomó mal. Al contrario, vio su situación como una nueva oportunidad que le daba la vida. Ahora trabajaremos para nosotros, le decía a mamá. El se empeño, y mamá se dejó llevar… en parte porque en el fondo de su ser siempre había guardado el anhelo de montar un negocio. Era la única manera de prosperar. Pero en lo que no estaba muy de acuerdo era en que tuviera que ser precisamente una pescadería como quería papá. “¿Qué sabemos nosotros de pescado?”, protestó. Pero él se empeñó, y cuando papá se empeñaba en algo  no había manera de pararlo. Las cosas en el barrio fueron a peor: empezaron los “recortes” y las huelgas y a mucha gente le pasó lo mismo que a papá.  Y pronto se pudo ver que los sueldos no llegaba más que para comprar de vez en cuando un kilo de sardinas o de chicharros, y para el congelado ya estaban los supermercados. Total, que antes de cumplirse los seis meses, pusieron el letrero: “Cerrado por cese de negocio”
  No fueron los únicos, aquellos carteles de letras rojas sobre fondo negro empezaron a extenderse como una extraña gripe por los locales de nuestro barrio, pero papá no se rindió.  La crisis no lo iba a doblegar a él, un viejo sindicalista al que ni los propios “grises” de Franco consiguieron nunca hacerlo mirar al suelo. Un par de meses después escribí en mi diario: “Hoy papá y mamá han abierto una frutería”. “Nosotros, que nacimos en el campo, de otra cosa no sabremos, pero de fruta…”, había dicho papá haciéndole cosquillas a mamá, que se rió. Además de la fruta de temporada, trajeron variedades tropicales, de las que les gustaban a los “del otro lado”, que era como llamaban a los muchos inmigrantes que se habían instalado en el barrio. Buena idea. Pero cuando ya le empezaron a coger el tranquillo y parecía que el negocio iba viento en popa, llegaron los chinos. Y se pusieron justo enfrente. Mala uva por parte de los chinos y mala suerte para papá, mala suerte para todos nosotros. ¿Cómo podían vender la fruta tan barata? ¿Dónde rayos la compraban?  ¿Y por qué no cerraban nunca antes de las once de la noche aquellos malditos?  
Después, la floristería.  Y sí, las flores, con las que siempre habíamos mantenido una relación distante, de la noche a la mañana entraron a formar parte de nuestra vida. ¿Cómo podíamos haber vivido antes sin aquellos preciosos ramos de rosas rosas, claveles y margaritas que tanta alegría y tan buenas vibraciones producían a nuestra casa?  Rosas a domicilio. “Una rosa, un euro”. ¿Quién no tenía un euro para alegrarle la vida a alguien? La 
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idea era buena, y esta vez iban a por todas. “Mejor muchos pocos, que pocos muchos”, era la filosofía. Rosas rojas para la pasión, amarillas para la alegría, azules para el agradecimiento, blancas para la pureza y el amor eterno… Pero tampoco…, la gente arrastraba preocupación y amargura y no parecía estar para muchos romanticismos. “¡Sí que estamos nosotros para rosas!”, decían muchos cuando les llamaban a la puerta. 
¿Cuál sería el próximo? ¿Por dónde saldrían? Mejor: ¿por dónde saldría papá esta vez? Apostábamos mi hermano y yo: una carnicería, una lavandería, una pastelería… No. Nada. Después del fracaso de la floristería, papá se fue apagando lentamente, hasta que se hundió definitivamente en el sillón. Ni siquiera el futbol, ni su colección de sellos… Papá se trasladó a un mundo de zapatillas, chándal y bata de casa, un mundo de silencio y cabeza caída. 
Pasaban los días y entraban y salían policías con cartas, que papá se negaba a firmar. Algo iba mal. A mamá se le estaba poniendo el pelo blanco. ¿Qué pasaba? “Ya no me quedan lágrimas”, decía, y seguía llorando. Al principio se encerraba en el baño para que no la viéramos, pero llegó el momento que le daba igual hacerlo delante de nosotros. Y era triste verla, muy triste, pero ver a papá hundido en el sillón, quieto como una estatua de piedra, era descorazonador. “El sufre, no creáis que no. Sufre tanto que no puede llorar”. Papá no podía llorar, no… ¡ni tampoco dormir! A cualquier  hora del día y de la noche podías ver que tenía los ojos abiertos. Siempre los tenía abiertos. ¿Qué podíamos hacer para traer a papa con nosotros, para aliviar, sólo que fuera un poco, su sufrimiento? Nada, sencillamente esperar, tener paciencia. Paciencia, paciencia, paciencia…, esa era la palabra estrella de mi diario en aquellos tiempos. 
Un día en el colegio me enteré de que nos iban a quitar la casa. Y dicho y hecho: antes de que me diera tiempo de pensar lo que eso significaba, nos la estaban quitando. Papá se negó a levantarse del sillón. “Nos tratan como si fuéramos garrapatas”, gritó mamá a los policías con toda la rabia que llevaba dentro.  Abajo estaban los “anti desahucio”. Gente buena. Estaban con nosotros. Gritaban a los del juzgado. Se enfrentaban con los polis, se ponían delante de la puerta para que no entraran. Pero no sirvió de nada… ¡nada sirvió de nada! Los polis bajaron a papá en el sillón por las escaleras, porque no cabía en el ascensor y lo dejaron en la calle. Papa con su chándal viejo y su bata de casa y sus zapatillas de cuadros pisando el frío asfalto, ¡qué dolor! 
Nos fuimos a vivir con tía Amelia y tío Carlos y los primos: Jordi y Montse,  porque para eso estaba la familia… Mamá amplió su horario de trabajo: ahora no sólo limpiaba casas, sino también portales y oficinas, además de cuidaba ancianos… y si alguien le ofrecía otro trabajo, también lo cogía. Había que seguir pagando la casa que ya no teníamos. Si ya no era nuestra, ¿por qué teníamos que seguir pagándola? Nunca lo entendí. Mamá llegaba a casa muy tarde y venía siempre muy cansada y de mal humor. “Esto no es vida”, se le escapó alguna vez. Pero nunca, ni en la peor de sus horas, tuvo el más mínimo reproche hacia papá. 
Un buen día inesperadamente papá, como si se despertara de una larga y profunda siesta,  dio un bote en el sillón,  se puso de pie y dijo a voz en grito:  
-¡Agricultura ecológica! 
Para mamá, detrás de aquella “resurrección” de papá estaba la mano de Dios, el Dios que tanto se había olvidado de nosotros. Y aquellas dos palabras pronunciadas por él habrían de marcar a partir de entonces el rumbo de nuestras vidas. Y así fue como empezamos a hacer las maletas, y, con mucho dolor de corazón por mi parte, por las amigas que iba a perder, supimos que teníamos que ir despidiéndonos de aquella ciudad que tantos sinsabores había dejado en el alma de papá y mamá. Un día de principios de verano partimos hacia el Valle. 
Ya no estaban los abuelos, pero en los roperos, entre las arcas y las mecedoras de la maltrecha solana, quedaba su sombra. Olía a alcanfor, a tocino rancio, a tomillo, a orégano, a cuero gastado.  Una nueva vida estaba empezando para nosotros. Todo era viejo e increíblemente nuevo. Tomábamos posesión. Mamá abría las ventanas para que entrara la luz y sacaba las sábanas amarillentas de los viejos roperos para lavarlas, mi hermano se columpiaba  en el viejo columpio, medio comido por el óxido, que el abuelo había colgado de las ramas del cerezo. Yo escribía en mi diario: “Estamos en la casa  del Valle”.  
Apareció papá con una larga escalera. Iba a colocar un ramo de laurel en lo alto de la fachada de la casa. Pensaba que con eso espantaría definitivamente la mala suerte. Cerré mi diario y en silencio me dispuse a seguir sus lentas y torpes maniobras. Sólo estábamos él y yo. El subiendo con paso vacilante por aquella empinada escalera y yo sujetándolo con la mirada. 
“Quien pudiera volar” había dicho papá en el mirador, abriendo los brazos como si fuera un águila que volara planeando sobre las montañas y sobre el valle que se abría entre ellas. Había mandado parar el coche y nos bajamos para ver paisaje. Luego añadiría que en aquel estrecho surco entre montañas que veíamos allá abajo íbamos a ser una familia feliz. Lo dijo, y

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en sus ojos cansados se reflejó la dorada luz de la tarde. Mamá quiso esbozar una sonrisa y le salió una mueca de tristeza, luego miró al horizonte. 
Cuando papá termino de colocar el ramo, se quitó el sudor de la frente con la mano y desde allá arriba me miró muy fijamente, luego sonrió levantando el pulgar derecho en señal de vic

jueves, 18 de enero de 2018

“OPERACIÓN SINTAGMA”


Es esta una versión del relato "los guantes", ya publicado  en este   blog ,  revisado y  reformado. Entre las reformas destaca el cambio de narrador.
Nótense las diferencias.





Conocí a Joaquín en aquellos tiempos aciagos en los que  por mis errores no me dejaban ver el sol. Era un hombre primitivo, solitario, amable, creo que tímido e indeciso. Se dejaba manejar. A través de él pude seguir a haciendo desde la sombra aquello que más me gustaba, dirigir el mundo, y se me daba bien porque todos hacían mi voluntad. Pero ahora, ya libre, le necesito más que nunca para seguir siendo yo.
Le conozco mucho más delo que él cree conocerme a mí, por eso sé lo que hace a diario, conozco a sus dos únicas amigas, sus turnos de trabajo, los sitios que frecuenta, donde desayuna y donde se compra la ropa. Creo firmemente en ese dicho que afirma que la información lleva al poder. 
Y aunque él no lo sepa, es el eslabón que necesito para controlar a “Sintagma”.
Sus pies me han traído de nuevo hasta aquí, como los dos últimos fines de semana, tal vez para encontrar algo en el espejo.
Le veo y le saludo con dos besos, luego se sienta frente a la mesa baja y dobla su gabardina.
Sigue sin reconocerme.
El camarero, nos sirve la consumición acostumbrada, con mucho alcohol 
-     Me gusta tu gabardina.
Mi voz es sugerente.
-     Me la pongo cuando siento frio interior.
-     Se acerca la Navidad. Ya está helando.
-     Por eso me la he puesto con el gorro “Cristino”. Mira, este es su guante, - me dice mostrándome el izquierdo, que saca del bolsillo de su gabardina -, hace juego con el gorro. Siempre lo llevo.  Es mi talismán.
Bebo pequeños sorbos y escucho atentamente.
-     El gorro tiene historia, pero no te impacientes, - me dice él entusiasmado -, te la voy a contar.
Y habla durante varios minutos, sin que yo pueda interrumpirle.  
 Le miró fijamente. 
-     Decía llamarse Cristina, de ahí el nombre de ese gorro. Desconocemos todavía su origen, su edad ni su verdadera identidad. Denotaba una alta clase social, porque ni siquiera cuando llegó a aquel lugar  inhóspito, perdió su elegancia. Era alta, rubia y joven.  Lo tenía todo.
-     ¿Pero por qué me cuentas esto a mí?
-     Necesito contárselo a alguien, - Joaquín creo que es sincero, ingenuo -, tú me inspiras confianza.
-     Gracias, - le digo acercándome más a él -, tal vez yo también precise encontrarme en el espejo.
-     Cuando pasaba a nuestro lado temblábamos, y no de miedo.
-     ¿Por qué?
-     Era seductora. El miedo nos entró cuando supimos, por los papeles, que, desde el escalón más alto, manejaba los hilos de  “Sintagma”, una gran organización internacional de tráfico de armas.
Escucho con la máxima atención.
-     Era ella, por eso estaba allí, entre rejas, - sigue diciendo iluso de él -, aunque no conocíamos su verdadera identidad. “Cristina” sólo era un “alias”, como los preciosos guantes, que de vez en cuando, se ponía para ocultar sus manos. Hacia mí tenía un trato especial; tal vez más confianza, o quizás yo era el más ingenuo, el más vulnerable para caer en sus redes. La seducción era su juego favorito, y jugaba continuamente, mientras nos hacia sudar.
-   ¿Y qué pasó?
-  Con nosotros estuvo poco tiempo.  Yo no supe más de ella.
-  Tu trabajo, según me contaste la semana pasada, no era fácil.
-  A todo se acostumbra uno. 
-   ¿Sí? A mí no me gusta ese trabajo.
Vacía el vaso de forma compulsiva.
-     ¿Qué te pasa?
-     Me recuerdas mucho a ella.
-     ¿A quién?
-      A Cristina. Decía que cautiva entre nosotros, vivía mejor que libre en su país. Se fue en agosto, al terminar la condena. Desde entonces no encuentro el otro guante.
-     ¿Y dices que era rubia? ¿Cómo puedes estar seguro? Nosotras podemos cambiar de aspecto y no seríais capaces de reconocernos.
-     Eso es verdad.
-     ¿Te gustaría volver a verla o sentirías otra vez miedo?
-     Miedo no, pero creo que eso ya no la volveré a ver. 
Suena mi teléfono. Me levanto. Dejo el bolso abierto. 

     En él descubre con sorpresa el guante de color azul plomizo, como el suyo. Como mi gorro.
      Los segundos se hacen horas.
     No sé cómo va a reaccionar. La “Operación Sintagma” está más que nunca en el aire. Disimulo la tensión y espero con el teléfono al oído, aunque no me ha llamado nadie.




martes, 16 de enero de 2018

TRES ANUNCIOS EN LAS AFUERAS













En esta nueva entrega sagaz y realista, recién estrenada Martin McDonagh, el director de “Escondidos en Brujas”, nos ofrece 112 



minutos de expectación, en los que la descripción de los personajes y el desarrollo de la acción nos desvelan la desnudez del alma de  Mildred    - interpretada de forma magistral por Frances Mcdormand -, dispuesta a descubrir quién violó y asesinó a su hija adolescente, una tragedia a todas luces evitable, decide tomarse la justicia por su mano. Es entonces cuando aflora el tesón, la ira, la venganza y el dolor, en la  frontera entre  la virtud y el delito, circunstancia que aprovecha para hacer una feroz crítica a los que en su país deberían mantener el orden

lunes, 15 de enero de 2018

EL VECINO DE ANGÉLICA


        Aquella tarde del martes 28 de diciembre, Pablo, mi marido, me había dicho que estaba muy cansado y que tenía frio, un frio raro.
        El reloj de pared, regalo de boda de mi madre, marcaba las tres y veinte de la tarde.
Yo creí que era una inocentada, pero se fue a la cama. 

Pablo era un hombre de ciudad, amante de las tradiciones y de su familia, Le  apasionaban el estudio de los astros y las matemáticas. Decía que la música era la exactitud, y como tal gestionaba su economía permitiéndonos así un buen nivel de vida em provincias. 
De soltera tuve que luchar por él. Le llamábamos” el príncipe de los ojos negros.” Era deseado por todas mis amigas, aunque entonces ya era bastante hipocondríaco. 
Me dijo que era un frio raro, de hielo, en oleadas. Luego ataques de calor intenso, pinchazos de fuego.
Le llevé un caldo caliente y me di cuenta de que no estaba allí. 
El grito fue terrible. Angélica la vecina del segundo subió asustada a casa.
-      ¡Mi marido, Pablo! ¡Estaba en la cama, y ya no está! ¡No ha salido y no está!
-      ¿Como que no ha salido y no está? ¿Le has buscado bien? 
-      Si, si, por toda la casa. No es partidario de los sustos. Además, me ha dicho que tenía frio. Le he traído el caldo y no está. 
-      Vamos, te ayudaré a buscarle.
-      ¡Pablo!  ¡Pablo!
-      ¿A que huele en el dormitorio?
Llevo unos días recuperándome de un fuerte resfriado.
-      A nada.
-      ¿Seguro? Yo noto un cierto tufo a quemado. spera unmomento. 
    Levantó la ropa de la cama. En la sábana, humeante, se dibujaba una mancha de color tostado del tamaño de un cuerpo. Angélica tuvo que sujetarme antes de caer desmayada.
Mi vecina vendió el piso una semana después. Han pasado ya dos meses, pero aún conservo su teléfono. La llamaré No puedo más.
-      ¿Angelica? Soy Ainoa, ¿me recuerdas? Tu vecina, me gustaría hablar contigo esta tarde, ¿tomamos un café?
El reloj parece dejar de moverse hasta la hora del encuentro. 
Angélica llega puntual y después de los saludos comenta:
-      Yo prefiero que el café lo tomemos lejos de aquí.
-      De acuerdo. Demos un paseo.
-      Cuéntame.
-      Te llamé porque no puedo más. ¿Recuerdas lo de Pablo?
-      Claro que lo recuerdo, no se me ha olvidado cuando descubrimos en la cama aquella mancha marrón 
-      Es que a partir de aquel veintiocho de diciembre me volví loca, porque él sigue allí, a mi lado, y no se ha ido.
-      ¿Como?
-      Desde entonces todos los martes, después de trabajar, a las tres y veinte de la tarde me llama por teléfono.
-      ¿Que?
-      ¿Que a las tres y veinte de la tarde, todos los martes te llama por teléfono?
-      Sí, hoy es martes. Ya es casi la hora. Me ha recomendado que no venda el piso, y hasta ahora, pese a todos los recuerdos, le he hecho caso. Si lo vendo, dice que no podrá volver.
-      ¿Y qué vas a hacer? En la inmobiliaria con la que trabajo, dicen que estaría dispuesta a comprarte el piso. Sería bueno para ti, que te alejaras y por fin empezases a superar esta situación. 
El café es una buena excusa para que las dos amigas comenten   sus confidencias, mientras, en el piso vacío de Ainoa, el teléfono sigue sonando.


sábado, 6 de enero de 2018

Bienvenida tu tinta, JORGE DIAZ LEZA

Jorge Diaz Leza, joven, curioso e incansable investigador de la palabra polifacético más visita de nuevo en esta ocasión con otro relato sorprendente.


LOS GUANTES



Alejandro Sebastián había sido campeón de los pesos medios. Ganó muchos combates en el primer raund y en tan solo unos minutos: todos le admiraban. La prensa deportiva llegó a tildarle de mito del boxeo, de nuevo Urtain.  Vivió muy bien durante bastantes años. Tenía todo cuanto podía desear: dinero, coches de lujo, un estupendo apartamento en el centro de Madrid, bellísimas mujeres a las que no necesitaba pagar para que se abrieran de piernas. Hasta que un día se enamoró de una de ellas más de lo que un hombre con dos dedos de frente debería enamorarse: se sumergió en el alcohol, todo empezó poco a poco a empeorar en su vida hasta que perdió aquel combate crucial en el que todos apostaron por él y decepcionó estrepitosamente a los aficionados y a la prensa deportiva: la suerte poco a poco le fue dando la espalada hasta llegar a la tarde de aquel fatídico 22 de diciembre, cuando tocó fondo definitivamente tras recibir aquella carta: una notificación de desahucio.
Salió a la calle a pasear y a intentar ordenar sus pensamientos. ¿Qué podría hacer? No tenía trabajo, ni dinero, ni contactos, ni padrinos… y, mucho menos, una mujer. Solo le esperaba la calle y ser un vagabundo solitario el resto de sus días. Precisamente él, que lo había tenido todo… Se encontraba sumido en estos lúgubres pensamientos cuando de repente escuchó una voz tras su espalda:
- Perdone, ¿es usted Alejandro Sebastián?
Se dio la vuelta. Un hombre elegante, con la piel muy blanca, pelo muy corto y bigotillo recortado, le sonreía de forma inquietante.
- Soy un gran admirador suyo. ¿Sabe? ¿Qué ha sido de su vida? Ya nadie habla de usted. Ha sido como si se le hubiera tragado la tierra… - Es una historia muy larga… - Si no tiene nada importante que hacer, me sentiría muy honrado de invitarle a un café. 
Como efectivamente no tenía nada mejor que hacer y un café le vendría de lujo para entrar en calor en esa cada vez más fría tarde de invierno, decidió acompañar a ese misterioso personaje. Se sentaron en una mesa y Alejandro le contó su historia informándole de su situación, el hombre pareció conmoverse y le invitó a cenar. Alejandro aceptó. Francisco, que así se llamaba, parecía gozar

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de una buena posición económica: seguro que cenaba mucho mejor que en el comedor social.
Un elegante coche, con chofer y todo, les condujo hasta una aún más elegante casa donde cenó de lujo, como hacía años que no lo hacía.
- Estaba todo espectacular, Francisco, ¿Cómo podré agradecérselo? - Muy sencillo: aceptando un trabajo.
Los ojos de Alejandro se iluminaron de felicidad: ¡al fin alguien le ofrecía trabajo!
- Supongo que sabe quién es Alonso Feiióo
¿Cómo no saberlo? El mafioso más famoso y temido del país. Un hombre cuya fortuna personal era mayor que el PIB de Uganda y cuyo poder, gracias al soborno de políticos corruptos, era más grande que el del mismísimo presidente del gobierno. El rey europeo del narcotráfico y de la trata de mujeres. Y, sin embargo, ningún fiscal había logrado encerrarle por sus turbios negocios. Diez veces había sido juzgado y todas había salido indemne. 
- Estoy reclutando nuevos profesionales para él. - ¿A qué se refiere exactamente con la palabra “profesional”? – preguntó Alejandro algo mosqueado, anticipando la desilusión que no tardaría en llegar. - Iré al grano: busco sicarios, gente que asesine para Alonso - ¡Está usted loco! - respondió completamente indignado – ¿Y qué le ha hecho pensar que yo…? ¿Por quién me toma? Me siento insultado con su propuesta. No aguando un minuto más en esta casa. ¡Me largo! - Deme un minuto, por favor – dijo Francisco manteniendo la calma – Es lo menos que le puedo pedir a cambio de una cena de casi doscientos euros, ¿no cree?
Alejando asintió y permaneció sentado.
- Piénselo bien. Alonso paga estupendamente: veinte mil euros por fiambre. ¿Qué empresario de este país podría pagarle mejor por unas horas de trabajo? Además, usted serviría muy bien para el puesto: he estudiado los videos de sus combates. Es usted fuerte, valiente, decidido. Llevo muchos años en esto y le aseguro que tiene todo lo que se puede pedir a un profesional del asesinato de pago. Y no se preocupe por la policía: le aseguro que no irá a la cárcel. Alonso sabe cuidar muy bien de su gente.
Justo en ese momento, se oyó un brutal estruendo en la calle que, aunque por un momento pareció una bomba, fue solo un brutal golpe de viento que arqueó hasta la extenuación los árboles de las aceras: la “ciclogénesis explosiva” anunciada a voces por todos los partes meteorológicos para esa noche, había llegado a Madrid. Comenzó a caer violenta una tormenta de nieve.

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- Muchas gracias por la cena, don Francisco. - Está bien. Pero no puede salir a la calle con ese abrigo correoso que lleva. Va a coger una pulmonía. Le prestaré uno.
El hombre salió de la habitación volviendo a aparecer en unos segundos con un elegante abrigo.
- Póngaselo, por favor. Considérelo como un pago por mi agravio, si le he ofendido…Mi manera de decirle que lo siento…
Ciertamente no quería coger una pulmonía. Ya tenía suficientes problemas. Así que se lo puso. Era un abrigo cómodo, con el interior acolchado y mullido, todo un orgasmo para la piel. Además, había un espejo en la habitación y se miró de reojo: se sentía guapo, elegante, como en los viejos tiempos….
- Se lo devolveré, no se preocupe- dijo secamente - Ahora me voy. - Espere un segundo, por favor, olvidaba un detalle. 
Salió de la habitación rápidamente y volvió a entrar con la misma rapidez. Le enseñó unos guates negros de piel, elegantes, aristocráticos, tan bonitos como jamás los había visto en toda su vida, tal vez incluso más caros que el abrigo.
- Dice el parte meteorológico que las temperaturas pueden caer hasta cinco grados bajo cero. Los va a necesitar. - Déjelo, Francisco, no suelo llevar guantes. - Alejandro, por favor. ¡Insisto!

                                                             ***

Salió de aquella casa a esa fría noche de invierno. Se puso los guantes: mullidos, suaves, otro orgasmo para sus castigadas manos. De pronto, fue como si su visión de las cosas cambiara radicalmente. Mirando a aquella lujosa mansión, con todas las comodidades del mundo y de las que él carecía, y envuelto en aquel confortable abrigo que le libraba del frío intenso de aquella noche, comenzó a planteárselo todo de una manera distinta:
¿Y si, después de todo, aceptaba el trabajo? Tendría que asesinar a gente, es verdad, pero si no era él, ¿acaso no habría siempre otro dispuesto a hacerlo? Todas esas personas iban a morir igual hiciera lo que hiciera y tomara la decisión que tomara. Sin embargo, si decía que sí, podría volver a su antigua vida: recuperar todos aquellos lujos maravillosos y toda esa felicidad que parecía haberle abandonado para siempre. ¿Qué es lo peor que podría pasarle? ¿Ir a la cárcel? ¿Y acaso no era mucho mejor eso que lo que se le venía encima? ¿O es que ya no le esperaba en la mesa de su salón una amenazadora y firme notificación de desahucio? Protegido por un mafioso del calibre de Feijoo, seguro que en la cárcel no le faltaría de nada. ¿Para qué esperar a mañana? Se dijo. Volvió sobre sus pasos. Tocó el timbre.

                                                                       ***

La suerte volvía a sonreírle: volvió a tener una vida cómoda y próspera y a gozar de todos aquellos placeres que casi había olvidado. Francisco, al que por cierto no había vuelto a ver desde aquella fría noche de diciembre, tenía toda la razón: asesinar se le daba bien y le gustaba. Después de todo boxear, machacar al contrario en el round, es solo la antesala del crimen. Durante aquellos años mató todo tipo de seres humanos de todas las formas posibles, pero la que más le gustaba y la él que elegía siempre que podía, era el estrangulamiento: cortar lentamente el flujo del oxígeno en una garganta con aquellos guantes suaves y elegantes que Francisco le regaló aquella noche. Se sentía interesante e irresistible con ellos. ¡Qué suerte tuvo de que fuera también un frío invierno cuando conoció a Silvia- alta, rubia, un verdadero pibón – y que pudiera llevarlos a su primera cita con ella! Enseguida se enamoraron y, al poco tiempo, cumplieron su sueño de casarse en Las Vegas. Pasaron una luna de miel fantástica y a todo lujo: ni en su mejor época de campeón de boxeo su vida había sido tan alucinante. Por supuesto, ella nunca supo a qué dedicaba realmente. Alejandro le contó una mentira con la que, además, podría presumir con las amigas, la familia y en las fiestas y reuniones sociales: su marido era un próspero empresario que regentaba una compañía de tecnología y comunicaciones en pleno crecimiento y expansión.
Sin embargo, un día recibió un anónimo: Silvia le engañaba con un fotógrafo de la agencia de modelos en la que trabajaba. Al principio, no se lo creyó. Sin embargo, las dudas comenzaron a corroerle por dentro hasta que decidió contratar los servicios de un detective. Éste, al poco tiempo, le confirmó con fotos y pruebas la fatídica verdad.
Entró en un bar y pidió un whisky, después otro y otro, hasta que su imagen en el espejo le devolvió otra de sí mismo, muy parecida, pero del pasado, justo antes de que las cosas se torcieran.
- No, no permitiré que tú también me destruyas, ¡zorra! ¡No sabes a quién se te estás jugando! - Y sacó del bolsillo sus guantes. Se los puso lentamente, con parsimonia, recreándose en el acto. Salió del bar. - ¡Alto! – Oyó que le gritaban a su espalda. - ¿Es usted Alejandro Sebastián? Tiene que acompañarme a comisaría.
Era la primera vez que la pasma se dirigía a él en ese tono: le entró de repente un miedo irrefrenable y echó a correr. 
- ¡Alto, policía!
Siguió corriendo. Sacó de la gabardina su pistola. Otro poli salió de una esquina de la calle, al fondo. Hizo ademán de apuntarle, pero fue más rápido que él.
Su cuerpo, herido de muerte en mitad del pecho, se desplomó en el suelo. Con lentitud.
                                               ***

- Por favor, no salgas esta noche – rogó Silvia a Álvaro, su antiguo amante y nuevo marido desde hacía casi un año. - Es que… para una vez que nos podemos ver todos… Además, han venido Juan y Alfonso desde la Coruña. ¡Esta cena puede ser histórica! ¡La mejor de todas las navidades! - Pero acabas de pasar una gripe horrorosa y todos los partes meteorológicos dicen que va a hacer mucho frío…
Álvaro le puso morritos y esa carita de perro desvalido a la que Silvia nunca pudo resistirse.
- De acuerdo, pero abrígate bien. Y ponte los guantes que te regalé. - De verdad que siento decirte esto, Silvia, pero los he perdido. - ¡Qué los has perdido! - Sí, no sé lo que ha podido pasar… - ¿Y no tienes otros? - No, pero no te preocupes, me compro unos. Bajo corriendo antes de que cierren. - Espera, no será necesario.
Salió de la habitación fugazmente y volvió a entrar en ella tras unos minutos.
- Ponte estos, ¿verdad que son una preciosidad? Eran de mi ex marido. - Silvia… la verdad… me da no sé qué ponerme unos guantes de tu ex marido… muerto… - Venga, no seas tonto. ¿No me digas que alguna vez en tu vida habías visto unos tan bonitos y elegantes? Hace mucho frío… No puedes salir sin ellos. - Es qué… - Álvaro, por favor. ¡Insisto!

                                                     ***

Aquel 22 de diciembre amaneció con la noticia del comienzo del sorteo de navidad y de un nuevo caso de violencia doméstica. La víctima, Silvia Domínguez, una joven modelo de 31 años estrangulada a manos de su marido, con el que llevaba casada algo menos de un año. La asistenta que limpiaba el apartamento abrió la puerta la tarde anterior, pues tenía llaves, ya que ellos no solían parar mucho en casa, y sorprendió al asesino en plena faena. Pero ya era tarde: la vida de Silvia se acababa de apagar para siempre entre las impetuosas manos que estrujaban su garganta. Comenzó a gritar como una loca y todo el vecindario se personó en el piso.
Haciendo una pausa en acontecimiento del día, las televisiones de todo el país devolvían sus rostros desconcertados e inquietos, que repetían sin cesar que se trataba de una pareja de jóvenes amables y educados que se llevaban estupendamente: jamás se habrían esperado un suceso tan terrible precisamente de aquellos dos cónyuges.
Inmediatamente, la policía detuvo al presunto asesino, Álvaro Benítez. Naturalmente, nadie le creyó cuando gritaba:
- ¡No fui yo, fueron ellos!